viernes 9 de abril de 2010

Nueve de abril del dos mil diez

A mi padre

Papá, me gustaría escribirte una canción que quedara marcada

para siempre en la posteridad y dedicarte, de un gran poeta,

unos versos que ya estuvieran en ella.


Un poema y una melodía que hablaran de

la libertad, el mar, el viento, la tierra y la vida.


Pero no puedo, no domino ningún instrumento,

y por más que busqué en los poemarios a mi alcance,

no encontré en la lírica ni soneto ni rima que licuase

la libertad, el mar, el viento, la tierra, la vida y mi corazón,

todo en el mismo potaje.


Por eso te escribo esto hoy que es tu gran día, padre,

nuestro gran día.


Y lo hago esta mañana que el viento mece mis cabellos,

sentado sobre la tierra de un jardín de Madrid,

justo donde el pasto crece sin pedir permiso,

ensoñando el mar y su rumor constante e hipnótico

(aunque quizá sólo sean los coches que se escuchan a lo lejos),

evocando la vida en cada grieta, en cada sollozo y anhelo;

en cada rayo solar y en cada patio escolar.

Esto es libertad. La libertad de ser y sentir.


En mi México y en tu México, papá, aún no amanece,

nos separan siete horas de diferencia, un océano

y unas malditas aduanas que no nos dejan llevar el tequila en la mano,

ni pasear libremente de un país a otro, de una vida a otra.


Despierta, padre, abre los ojos, sécate las lágrimas,

controla tu corazón impaciente, respira hondo,

levántate y empaca las pertenencias que aún quieras conservar,

alza el pecho y el semblante porque el mundo te espera.

Hoy cumples nueve años en prisión y pagaste debidamente tu castigo,

la sociedad se ha vengado de ti, has cumplido tu condena:

libertad al fin.


Que no te dé vergüenza, no escondas el rostro

ni esquives las miradas de tus hijos, de tu hermana y de los que te quieren.

Mejor ríe y relátanos un capítulo de la historia de tu vida,

tu infancia, adolescencia o lo que quieras,

da igual, incluso cuéntanos algo de cuando todavía ni nacías,

así sólo como tú lo sabes narrar, detallando tanto.


Mejor abrázanos, no seas egoísta, y déjanos sentir tu cálido carácter.

Nuestro amor por ti es como el mar: eterno.


¿Y ahora qué harás?

Seguro estoy que tus alas no se han estropeado del todo en estos años de cautiverio.

Despliégalas y a ver qué tal. Seguramente será complicado porque todos los inicios lo son.

No desesperes, papá, poco a poco se vuelven a domar los vientos.


Alégrate, mi viejo, ahora no hay celdas ni paredes que detengan o limiten tus sueños.

Ahora puedes levantarte de la cama una mañana y en vez de imaginar el lugar donde naciste, puedes,

si te apetece, viajar a él.


Descuidada y vacía se ha visto la casa donde creciste;

descuidada y vacía ha estado Las Colonias, Apatzingán, tu tierra, sin ti.


Así es, Francisco Negrete Barragán, la fortuna te da otra oportunidad.

¿Qué ves, qué sientes, qué resaltas

y qué quisieras olvidar de estos nueve años

en la oscuridad cuando buscas, rebuscas

y remueves en tus recuerdos?


Habrá de todo un poco, supongo:

Amigos, dolores, traiciones, atardeceres, silencios,

miedos, canciones, cartas, enfermedades, deudas, gritos,

fiebres, planes, muertes, reencuentros, penas, infiernos, fatigas,

llamadas perdidas, épocas olvidadas, trámites denegados, ruegos,

humillaciones, rencores, amores, días interminables, amenazas, sobornos,

espejismos, esperanzas...


Ya no envidies a esos pequeños pajaritos

que reposan del vuelo dentro de la prisión,

en un cable, en una rama, en alguna cornisa

o en cualquier lugar, que enseguida vuelven

a emprender su camino, antojando a los reos,

dejándolos fantaseando con la posibilidad…


Persigue su vuelo, únete a ellos,

ahora ya eres libre, papá.


1 comentarios:

Angie Almazán dijo...

Me da mucho gusto que ya esté libre... =)