Por eso mi madre se echaba a reír, pensando seguramente que su hijo era muy ocurrente, “muy fantasioso”. Y yo no sabía qué hacer, no veía nada bien y nadie me creía. Así que me tenía que sentar al frente todos los días en la escuela y no era nada agradable porque la gente interesante se sienta atrás, no adelante. Y eso me fastidiaba bastante, porque yo quería ser alguien interesante y gustarles a las chicas, hacerlas exhalar suspiros y que de sus ojos destellaran chispitas y corazoncitos como en las caricaturas. Pero no, en vez de eso, las chicas pensaban que era un aburrido, tan sólo “un compañero del salón” y creo que no hay nada más denigrante que ser considerado tan solo “un compañero del salón”.
Fue Francisco Amezcua Negrete el primero que empezó a creerme que necesitaba unos lentes. Él era mi primo. Eran los 90’s y ya se podrán imaginar la pinta. En aquella época (cuando él tenía 19 o 20 años) él era un larguirucho de greña larga y lacia. Muchos de ustedes inmediatamente pensarán en el grunge y Kurt Cobain, pero no, él era un greña larga con chaleco planchado, camisa de cuello largo y mangas a medio abotonar. Iba cuidadosamente rasurado: la línea recta de la patilla y el vello del mentón rigurosa y ecuánimemente nivelado y distribuido, connotaban un cuidado especial por la apariencia y la estética. Se sabía de memoria las canciones de la Alejandra Guzmán y se alocaba bailando los grandes temas de finales de los 80’s. Además, siempre trataba de darle un toque original a sus actividades de rutina.
Sí, creo que ya lo suponen, mi primo era homosexual. Era elegante pero informal. Artístico, cariñoso y detallista. De sonrisa contagiosa, de trato afable y entrañable. Juguetón. De mirada profunda y de espíritu esperanzador. Siempre pensando que lo mejor estaba por venir, que lo mejor estaba por venir y que lo mejor estaba por venir.
Tenía la cualidad de hacer que las cosas brillaran a su alrededor y la vida se le presentaba en forma de oportunidades y experiencias, nunca como miedos. Y si se le presentaba en forma de miedos, él ponía remedio: vivía la vida intensamente. Sin quedarse con ganas de nada nunca.
Yo, en cambio, era tan sólo un enano que no veía ni el pizarrón.
Un día Francisco Amezcua Negrete fue a casa a pasar el tiempo con mis hermanas mayores (son casi de la misma edad), yo le dije que veía mal y que nadie me creía. Él me escuchó y me hizo preguntas. Luego escribió en un papel letras de distintos tamaños e improvisó un test oftalmológico. Terminó por concluir que sí necesitaba algo para ver mejor.
Pero las cosas siguieron transcurriendo de manera normal otras semanas más hasta que en la escuela cayó un examen sorpresa de Español y Redacción. Nos separaron aleatoriamente por la clase y la maestra comenzó a escribir en el pizarrón enunciados a los que habría que analizar el sujeto, el predicado, el verbo, el objeto directo e indirecto y todas aquellas cosas que ya no recuerdo muy bien.
Todos copeaban velozmente los enunciados sobre sus hojas sueltas para tener más tiempo para pensar y yo entornaba los ojos desde el final de la clase tratando de descifrar las palabras escritas con gis: 1.- “El gato Félix le presta una escoba a su amigo el perro”. Ésa era la primera oración y tardé medio examen en descifrarla. Desesperado, estiré el cuello para ver la hoja del que estaba a mi lado para ver las demás oraciones y la maestra fue hasta donde estaba, me acusó de copión y me rompió el examen en dos. Yo le dije la verdad, que no alcanzaba a ver el pizarrón. Pero la maestra estaba tan enojada que no me hizo caso y me hizo salir de clases.
Imagínenlo, me sentía un completo perdedor. Vagabundeé por la escuela, el patio, los pasillos de los demás grados, la cancha de basketball, la loma que empezaba por detrás de la escuela que luego se convertía en un cerro…
Me senté en las gradas de la cancha y al rato uno de mis “compañeros de salón” venía corriendo hacia mí. Exhalando, me comunicó que la maestra me estaba buscando. “Quiere cortarme el cuello”, pensé.
Me armé de valor y entré al salón de clases cuando ya habían finalizado el examen los demás. Sólo ella y yo. Pasé saliva. Sudé.
La maestra me pidió que me acercara a ella. Me acerqué. Más, me pidió. Di dos pasos. Más, dijo. Un paso más. Ya la tenía a 30 centímetros de mí. Alzó la mano, cerré los ojos, pero sólo sentí una caricia en la cabeza. Me preguntó que si estaba diciendo la verdad hace rato, que si era verdad que no podía ver. Le dije que sí, pero que nadie me creía, excepto mi primo Paco Amezcua. La maestra se levantó de su asiento, me hizo sentar en mitad de la clase y escribió cosas en el pizarrón a grandes tamaños, como hiciera ya Paco. Fue en ese momento cuando me di cuenta que en la ventana estaban la mitad de mis “compañeros de salón” chismorreando, observando toda la escena. Avergonzadísimo trataba de leer lo que la maestra había escrito. Pero pronto determinó que no veía bien y me dijo que la acompañara a la dirección. “¿¡A la dirección!?”, pregunté horrorizado, con 8 o 9 años la dirección de la escuela es como la penitenciaría. “Pero no he hecho nada malo”, me defendí. La maestra se echó a reír y me tranquilizó, “sólo vamos a llamar a tu casa para hablar con tu mamá o tu papá y decirles que no ves bien”.
Y es así como logré convencer a mi madre que no veía bien. Esa misma tarde visitamos a un oculista. Me graduó los ojos y me pidió que escogiera un armazón. Yo lo
tenía claro, quería los lentes más grandes que hubiera en la clínica. ¿Por qué? Porque desde hacía muchos meses que una imagen de Woody Allen que vi en revista me perseguía. Era una foto en blanco y negro, Woody miraba a la cámara. Detrás de él Manhattan. En ese momento yo no sabía quién era Woody Allen, pero miré detalladamente la foto varias veces y concluí que sólo una persona interesante podría llevar esas gafas, ese pelo y estar en esa ciudad. Y como yo quería ser alguien interesante pues decidí llevar gafas grandes, muy grandes.
Pero no se lo comenté a nadie. Temía que se burlaran de mí. Temía que se burlaran de Woody Allen y de mí.
Recuerdo el primer día que fui a clases ya con los lentes graduados. Me senté hasta el final, como la gente interesante. Y a nadie le resultó indiferente mi nuevo look. Unos me señalaban y otros me comentaban que me veía “diferente”. ¡Eso es!, lo estaba logrando.
Cuando Paco Amezcua me vio con mis nuevas gafas se alegró. De hecho yo sentía que fue él el detonante de una serie de eventos que derivaron a que la maestra descubriera mi miopía. Ya saben, el famoso “efecto mariposa”.
Sólo a él le confesé mi secreto: que quería parecerme a Woody Allen. Y me contestó que estaba bien, que siempre eligiera lo que me hiciera sentir mejor. Pero lo que valía realmente la pena en la vida era buscar parecerse a uno mismo.
Esa respuesta me hace reflexionar mucho incluso hoy día. Por supuesto que él era en todos los sentidos una persona auténtica. Las personas auténticas son aquellas que muestran su identidad sin maquillarla, sea cual sea. Y a Francisco Amezcua Negrete le conocí por sus virtudes y defectos por igual. Jamás se avergonzaba de ser él mismo, ni aparentaba más de lo que era. Y eso, señores, no se consigue fácilmente.
Ahora que vivo en Madrid evoco constantemente mi infancia porque si no lo hiciera sería difícil recordar quién soy yo todas las mañanas. Además la novela que estoy escribiendo, “Las Colonias”, es un continuo viaje hacia el pasado, porque es la historia de mi familia.
Cuando se escribe una novela siempre se escriben dos. La que queda en el papel y la que queda en el alma del autor. Cuando Gabriel García Márquez escribió “Cien años de Soledad”, cuenta que estaba viviendo la novela dentro de él antes de que quedara en el papel. De hecho, dice la leyenda que una madrugada despertó de un sueño llorando a moco tendido y cuando su esposa le preguntó que qué pasaba, él respondió: “Se acaba de morir el Coronel Buendía”. Claro, se acababa de morir en su alma, pero aún no en el papel.
Algo así me está ocurriendo con “Las Colonias”. Se viven dos novelas, se escriben dos novelas. La diferencia es que mis personajes son reales, tienen nombres y apellidos, y la mayoría aún viven. Este pasado miércoles 13 de Octubre del 2010, uno de mis personajes más entrañables de la novela ha muerto. Francisco Amezcua Negrete llevaba arrastrando una serie de enfermedades que le acaban de quitar la vida. Enfermedades que nacieron y se agravaron en él por el simple hecho de ser quien era: una persona que vivía la vida intensamente. Y eso debería ser una lección para todos nosotros. En cambio, la vida, injusta como siempre, decidió abandonarlo apenas con 32 años.
Creo que en este mundo tan viciado, malintencionado y corrupto, las almas bellas y puras no pueden vivir demasiado tiempo aquí, su pulcritud es incompatible con este lugar en continua putrefacción.
En lo que a mí respecta, tengo que ser muy hábil para saber diferenciar la novela que se vive en mi alma y la que se vive en el papel. ¿A qué novela pertenecen todos mis gratos (gratísimos) recuerdos e imágenes de Francisco Amezcua Negrete, un personaje verdaderamente imprescindible de mi infancia?, ¿dónde tiene que ir este dolor, esas lágrimas que dejé en algún locutorio de Madrid, la voz dolida de mi padre (que lo quería como un hijo), de mi tía (mi mamá Flor), de mis hermanas y mis primos, los hermanos de Paco Amezcua, todos en el velorio, en Apatzingán, Michoacán, México, donde todos los Negrete iremos a parar de un modo o de otro?, ¿qué hago con todas estas evocaciones al pasado que poco a poco se vuelven de acuarela, difuminadas, acuosas, macilentas?
Sólo deseo que Paco Amezcua supiese que a pesar de las distancias en las que me embarqué, tenía un lugar muy especial en mi mente y en mi corazón.
Las pérdidas en la familia Negrete se notan y calan hondo, muy jodidamente hondo. Y ni siquiera tengo la posibilidad de hacer un viaje express a México, y estar ahí, estar ahí, estar ahí. No fantasiosamente, sino de manera física.
Paco Amezcua Negrete, primito, te quiero, y ahora que te has ido y eres de otra condición ten cuidado con el corazón, aquí abajo en este mundo material, te defiendes o te van a destrozar por nada. Ten cuidado con el corazón, con las alas y con todo lo demás, un descuido y te pueden desplumar, alerta…
Alejandra Guzmán - Ten Cuidado Con El Corazón:
2 comentarios:
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Estoy en shock...trate y trate...busque en lo mas profundo de mi mente el nombre de alguno de mis companeros de la secundaria y solo se me vino a la mente"francisco Amezcua Negrete"...la ultima persona que vi de mi epoca de secundaria en Uruapan Muchoacan...y lo busque en google y me encuentro con este mensaje...que tristesa...que dios lo tenga en su gloria...el fan numero uno de Ale Guzman...My mas sentido pesame a la familia...con el tambien se fue una gran epoca de mi vida...el amigo de todos...adios paquito.
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